“Mujer en guerra”: la acción concreta frente a los poderes instalados

¿Es posible luchar contra las corporaciones? ¿Qué acciones implican enfrentarse de verdad a éstas y no hacer puro fuego de artificio para los medios y la opinión pública? Son las dos preguntas que me nacen luego de ver “Mujer en guerra” (“Kona fer í stríð”), una producción islandesa-ucraniana, dirigida y por Benedikt Erlingsson. Porque la acción concreta frente a los poderes instalados es más que discursos limpios frente a prolijos auditorios. Y eso es lo que podemos ver en la decisión y energía de Halla, la protagonista, quien, bajo el ocultamiento y la apariencia de una mujer común que dirige un coro y tiene una vida promedio, esconde una activista que ataca directamente el avance de la industria del aluminio que amenaza con contaminar todo. Porque ciertas mejoras son en realidad más problemas para la gente.

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Con una narrativa que imprime un ritmo delicado pero a la vez entretenido, musical, utilizando diferentes herramientas (a través de  los ensayos del coro, las mujeres vestidas con trajes típicos que funcionan como la voz del pueblo a modo de las tragedias griegas), tiene tonos de una comedia que trata temas serios, pero, en el fondo, toda comedia es una tragedia. Asistimos así a una magnífica construcción de los mini intervalos en que la música incidental, en el cuerpo de la banda musical que hace su aparición en las escenas, el accionar y comportamiento de los personajes se ve así acompañado, coronado. Y la construcción de estos personajes por medio de sus intérpretes es fina, y entiende de dulzura y simpleza, y logra tocar el corazón más duro. Estas son las películas que encienden poéticamente un ideal, como una chispa que se abre camino dentro del alma y el deseo de un mundo más justo; uno en el que el espíritu de lucha contra los avances que prometen bienestar pero en realidad empeoran las cosas para un futuro que nosotros no veremos (pero si es parte de lo que, por propia decisión u omisión) les dejaremos a nuestros hijos y nietos, es más que solamente pose e impronta. Requiere conciencia y participación, acción real y concreta, ante panfletos vacíos y definiciones sobre modificación de usos y costumbres que en realidad no modifican nada.

Con la dirección de Benedikt Erlingsson y guión de Ólafur Egilsson y el propio director, podemos disfrutar de una película excelente que en su armónica poesía y modo de llevarnos a través del viaje de Halla genera una empatía que no se consigue fácilmente. La maravillosa fotografía es otra de las herramientas que completan esta película sorprendente. Erlingsson renueva con su muy buen pulso un equilibrio que ya logró con su ópera prima,“Historias de caballos y hombres”, que fuera presentada en 2013 en la sección de Nuevos Directores del Festival de San Sebastián.

Justicia poética es el término que mejor le calza a esta hermosa película; nunca mejor utilizado el término.

Puntaje: 9/10

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