20 años del BARS: las directoras crecen

De la mano con la conquista de espacios que se dieron en otros ámbitos, la cantidad de directoras incluidas en la programación se incrementó año a año. En lo que a largometrajes respecta, “Otra esperanza”, de Mercedes Frutos, es todo un hito. Fue grabada en 1984 pero estrenada comercialmente recién en 1996, y proyectada en el BARS VII. Basada en un cuento de Adolfo Bioy Casares, fue grabada en 16mm, luego ampliada a 35 y, por complicaciones en su montaje, se proyectó por primera vez recién en 1991 en el Festival de Cine de Santa Fé. Paula Pollachi fue una de las realizadoras pioneras de la nueva generación, con “Baño de Sangre” (2003) e “Inzomnia” (2007). July Masaccesi, que este año estrenó “La casa en la playa” (disponible en Cine.ar) pasó por el festival con “Cabeza de pescado” en el 2009.

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La más prolífica es Georgina Zanardi, quien además de numerosos cortos ha presentado “Hijos de puta por elección”, “El puterío de los horrores”, y este año desembarca por partida doble con “Cazador, la película” y “Hijos de puta posmortem”. Laura Sanchez Acosta y Luciana Garraza marcan la presencia de las producciones realizadas fuera de Capital Federal: la primera nos trajo “Relicto”, un relato mesopotámico en 2018 y la segunda codirigió junto a Eric Fleitas “Carroña”, la Mad Max cordobesa, incluída en la programación de este año. Otra directora que comparte el rol de cabeza de equipo es Mariana Catanzaro, de Cosamostra producciones, que ha presentado “Historias de nunca acabar”, “Videoclub” y “El latido desnudo”. Laura Casabé tambien tiene una tradición de cortometrajes, no obstante dos de sus largometrajes (“El hada buena”, una fábula peronista y “La valija de Benavidez”) también pasaron por el festival.

Lo interesante de estas propuestas es que no se circunscriben a ningún género en particular y presentan las estéticas más variadas. Hay propuestas ultraindependientes, con utilería reciclada, y otras que supieron contar con mayor presupuesto o figuras de primer nivel (Norma Aleandro en “La valija”, por ejemplo). Tampoco son relatos que se queden “en la cocina” o se circunscriban a temáticas femeninas: “Hijos de puta” es la historia de dos hermanos sádicos y perversos, mientras que “Carroña” propone un recorrido por una Córdoba postapocalíptica donde su protagonista tiene una misteriosa misión que cumplir.

Siempre la pregunta es: ¿por qué hay poca participación femenina, si en teoría las puertas están abiertas? El problema, sin embargo, es mayormente cultural. No hubo históricamente muchas mujeres que se dedicaran a dirigir (por esa bajada nefasta de que la mujer debe quedarse en la casa ocupándose de la familia y demás), entonces, al faltar referentes, el camino se hace mucho más cuesta arriba. Es en parte por eso que existe este capítulo: para que las nuevas realizadoras sepan que ya el camino está un poco allanado, que hay antecedentes, y que si tienen ganas de mancharse hasta la médula de sangre falsa dirigiendo su primer película sólo tienen que animarse.

Firma Ayelen Turzi

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