Okupas: 20 años no es nada

El nuevo milenio había llegado hacía un ratito y el mundo seguía siendo lo de siempre, como vaticinó Discépolo de manera lúcida a principios del Siglo XX. En Argentina, qué decir, algunos nos acordamos someramente por la escasa edad y por el bombardeo de imágenes al que expusimos nuestros globos oculares durante la década de 1990. Mientras las filas para buscar un empleo aumentaban, la pobreza y la indigencia, así como la opulencia y la ostentación, tensionaban una sociedad en donde la vida de los ganadores irradiaba desde la tevé. Vimos al presidente danzar con odaliscas y conducir ferraris, además de suicidios, trompadas y livianos debates incongruentes en el prime time de todo tipo, incluso sobre el futuro de los militares desaparecedores, beneficiados a partir de los indultos rubricados por quien no nos iba a defraudar. En el medio, quienes podían sortear la tormenta del neoliberalismo y la exclusión, aguardaban con ansias la noche para sentarse a ver el mundo a través de la pantalla, todos los sueños eran posibles allí y el futuro parecía no quedar tan lejos, en esos momentos antes de dormir.

Sumate este viernes a nuestra charla con Ariel Staltari (Walter) para celebrar 20 años de Okupas

Dentro de ese contexto, Bruno Stagnaro se animó a contar otra historia, la de Okupas. Además, se propuso colarla en ese mundo de frivolidad dominado por chicas 90-60-90 de sonrisas perladas y muchachotes fornidos que oscurecían su piel con la misma asiduidad con la que aclaraban sus cabelleras. Sin dudas, el medio era parte del mensaje. Stagnaro venía de hacer, junto con Adrián Caetano, Pizza, birra y faso, su ópera prima que puede considerarse el puntapié del El nuevo cine argentino; y precuela argumental de Okupas: la calle, la marginalidad, las situaciones extremas a las que se sometían o se veían expuestos ciertos especímenes de la fauna porteña con tal de juntar la guita para una porción de pizza o una nueva dosis de lo que sea que acalle las voces y aleje el bisturí de la realidad, aunque sea por un rato.

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Okupas no tenía personajes grandilocuentes con actores de vasta trayectoria, ni contaba una historia entreverada en donde nos moríamos por saber ciertas incógnitas cómo quién es el padre de tal o cómo consiguió su fortuna el antagonista del cuento, recursos a los que nos había acostumbrado el adormecido horizonte de historias de ficción televisivas. Aquí no está pasando algo que va a marcar un antes y un después, no hay héroes, no hay tampoco villanos. Pero la historia está contada de una manera y está envuelta en un contexto que era difícil no sentirse atraído, era imposible no reconocer en una toma, en una línea, en un movimiento, aquello que pasaba fuera de las paredes de nuestros tibios hogares. Y todo musicalizado con temas de rock nacional.

“Los 5 mandamientos”, primer capítulo de la serie que empieza con la escena del desalojo. ¿Ficción o realidad?

Como puede que haya alguien leyendo estas líneas que no sepa de qué hablamos, ensayaré una breve sinopsis de una serie que no está hecha para sinopsis ni resúmenes. La historia se centra en Ricardo Riganti (Rodrigo de la Serna) un joven de clase media que decidió ser un “ni – ni” al dejar la facultad de medicina e irse a vivir con su abuela, sin trabajar. A lo largo de la serie iremos viendo a un pibe de clase media involucrarse en universos subalternos arriado con premisas anti sistema que le pueden costar la vida. Su prima Clara (Ana Calentano) le propone cuidar una casa en el centro que acaba de ser desalojada (la escena del desalojo es la primera que vemos en la serie y nos surge la pregunta que volverá más de una vez a lo largo de la historia: ¿esto es ficción o es real?), a partir de pormenores hogareños se sumarán a habitar el caserón del orto el Pollo (Diego Alonso), amigo de Ricardo de la infancia que quiere salir de la delincuencia y lo aconseja en todo momento; el Chiqui (Franco Tirri), un pibe de la calle, amigo del Pollo, con una inocencia y una bondad insólita que ponen otro color a la paleta de personajes; y Walter (Ariel Staltari), un paseador de perros rollinga al que Ricardo acude cuando tiene problemas con sus vecinos, más que nada por los perros.

El derrotero del grupo irá edificándose en pequeñas escenas cotidianas: ir a pegar merca, ir a encarar minitas, cuidar que no le usurpen la casa los vecinos inmigrantes, conseguir alguna changa para parar la olla y cuidar al perro Severino, mascota del grupo. Luego, aparecen los que podríamos llamar antagonistas: el Negro Pablo (Dante Mastropierro), ex compañero de andanzas del Pollo que quiere matar y/o violar a Ricardo (la escena de la casi violación a Ricardo puede que sea de las más fuertes y reflota la pregunta ¿es ficción lo que vemos?); y Miguel (Jorge Sesán), un chorro solitario que tenía armas guardadas en la casa y le enseña a Ricardo cómo afanar cuando éste se distancia del Pollo.

La escena del “Rosquete” es a partir del minuto 4.20. Pero pueden ver todo el video para entender qué pasa.

Por las dudas, no contaremos cómo se resuelven estos conflictos que, insisto, no son lo más importante en esta historia ¿Por qué? Porque era algo que le podía pasar a cualquier joven en nuestro país, un cocktail entre tercer mundo, subdesarrollo y políticas económicas de exclusión. Aunque, viéndolo así, la historia puede pasar en cualquier país periférico, pero las peculiaridades, la musicalización y el guion (sus diálogos, tonos y modismos) la hacían netamente argentina.

Saliendo de la historia, un dato curioso, que quizás solo puedan comprender del todo los niños de los 90, es que la ficción era producida por Ideas del Sur, productora de Marcelo Tinelli, rey de la televisión argentina ya en ese momento. Al parecer, más allá de que en varias entrevistas dice haberse sentido intrigado por el guion que le acercó Stagnaro (co-escrito con Esther Feldman y Gustavo Muñoz), el cabezón fue instado por el COMFER (ente regulador de Radio y Televisión) a producir ficción en la TV Pública (Canal 7 en ese entonces), a partir de una serie de multas por pasarse del horario pactado en la grilla. Es decir que la historia llega a la pantalla por una “pena” y por la condición de los canales públicos a experimentar con su contenido, dado que no siguen una lógica netamente comercial. No había lugar en los canales privados para Okupas, aunque luego de su éxito y tres premios Martín Fierro mediante, fue transmitida en Canal 9 y en América.

Especial de la TV Pública sobre la serie después su éxito.

Además de marcar un hito para los televidentes, la serie marcó una manera de contar historias que luego encontró varias producciones en la televisión abierta: Tumberos y Sol Negro vinieron en seguida a mostrarnos la marginalidad reclusa en lugares de encierro como lo son las cárceles y los manicomios. Y podríamos decir que hay una suerte de revival con las actuales El marginal y Un gallo para esculapio (del propio Stagnaro), series con muchos más recursos y co-producidas con productoras extranjeras (TNT – Time Warner y Netflix)

Los 11 capítulos que componen la serie están disponibles en Youtube en una dudosa calidad, para quien quiera saber de qué va la cosa puede aventurarse sin problemas, más que lo visual, el escollo puede que sea el sonido que hace que se pierdan ciertos diálogos, pero puede entenderse tranquilamente. A 20 años de su emisión, Okupas no ha dejado de tener vigencia y, por lo que se ve, la seguirá teniendo mucho tiempo más. Aunque, tengamos presente, cualquier parecido con la realidad, es mera coincidencia.

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